39 alumnos quedaron atrapados en un viaje de egresados

Una tormenta atrapó a 39 chicos en un cerro cordobés 


La Policía los encontró por la mañana, «desorientados» · Pero ellos dicen que no tuvieron miedo ni frío · La temperatura fue bajo cero y se protegieron con plásticos del agua nieve y el viento

CORDOBA (via Clarin). «Mirá, la noche en la montaña fue la mejor de nuestras vidas, de primera. Nunca pensé que estuviéramos en peligro, así que la pasamos de diez». Nicolás Burs tiene catorce años pero miente quince, y hablaba sin parar, mientras sus otros 38 compañeros del Colegio de los Santos Padres de Bella Vista se le amontonaban alrededor, excitados por la aventura. Al fin y al cabo, pasar una noche de tormenta cerca de la cima del cerro Champaquí, en las Sierras Grandes de Córdoba, no les ocurre todos los días. Abrigados por los truenos «que allí arriba suenan más fuertes», admitió Ignacio Dotrás, de catorce, durmieron a solo 400 metros de la cima de un cerro que tiene la friolera de 2.884 metros y que lo erige en «el techo natural de Córdoba». Nervios y datos contradictorios El Champaquí no es para cualquiera Despeinados, con los labios cortajeados por el sol y el frío, los chicos aparecieron ante un grupo de periodistas en las afueras del pueblo de San Javier, a bordo de la cabina descubierta de una camioneta amarrilla, cerca de las tres y media de la tarde. Sus cosas habían llegado minutos antes en una pick-up de la Regional Dos de la Policía de Villa Dolores, a cargo del operativo de búsqueda que había logrado ubicarlos a las diez de la mañana, a 1.800 metros al sur de la cima. ¿Quién dijo miedo? Tanto los chicos como los profesores se empeñaron en aclarar que «nunca» estuvieron perdidos: «Sólo nos agarró el principio de la tormenta en el cerro la tarde del jueves, por lo que decidimos quedarnos a pasar la noche para no correr peligros innecesarios bajando», explicó visiblemente nervioso Andrés Kraus, uno de los cuatro profesores a cargo. No obstante, y previo a la llegada del contingente, un oficial de policía, Sergio Daniel Ojeda (26), reconocido como baqueano en la zona, y quien hizo el primer contacto con los chicos, confesó que los había hallado «algo desorientados, haciendo un camino que los conducía a Villa General Belgrano. Era un camino seguro -detalló- pero más largo y que los llevaría, con suerte, a esa localidad en unas 24 horas más, de no mediar otra tormenta, y ya no tenían víveres». Villa General Belgrano está justo en la ladera opuesta al pueblo de San Javier, sitio donde -según lo convenido- los pequeños debían llegar. Perdidos o simplemente demorados, lo cierto es que los 39 chicos dicen haberla pasado «mundial». Federico Carrera, de 15, contó, bajo su remera transpirada por el sol de la siesta, que «apenas vimos que nos quedábamos a dormir arriba nos armamos unos refugios de primera. Pusimos en el piso nailon que habíamos llevado para que no se nos mojaran las bolsas de dormir, y también nos hicimos techitos con plásticos. Lo más importante fue que, entre todos, buscamos un buen lugar donde no nos diera el viento. ¿Frío? Y, sí, un poco pasamos, pero nada para morirse». Un integrante de la Policía dijo sin embargo que los chicos no tenían bolsas de dormir sino colchonetas. Fernando Schmidel (14) contó que cuando el hambre picó «hicimos un arroz con salsita riquísimo y después nos dormimos hasta hoy. Nunca tuvimos hambre, y hasta vimos que había un río cerca, por si nos quedábamos sin agua», reflexionó, previsor. Pero no todos pensaban igual. Sin querer decir su nombre, un pequeño que confesó tímidos 13 y «un poquito de miedo, cuando todo se oscureció allá arriba», se despachó con su verdad sin levantar sus ojos claros del piso. Al fin y al cabo, admitir aunque más no sea un atisbo de comprensible temor en un clima generalizado de valentía, exigía otro tipo de valor que no es fácil de reconocer a esa edad. A la hora de las declaraciones, Sebastián Daiello, de 13, tenía otras prioridades: la comida, e hizo un rápido inventario del desayuno del viernes: alfajores, zucoa y mandarinas»; justo cuando «el Fede» Carrera le quitó la palabra para volver sobre la lluvia de su noche de aventuras con «agua de nieve. No era lluvia, era agua de nieve, helada, como si las nubes estuvieran allí», detalló con sus ojos claros muy abiertos

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