El Arte en las venas

El es un verdadero maestro de la pintura. Su obra, varias veces reconocida, habla por sí misma. Pero, Arturo Irureta, va más allá de su propia obra y nos cuenta, sin retaceos, cuál es el profundo sentido que siempre debe existir en un artista.

Cursaba el sexto grado cuando una visita escolar, al Museo Nacional de Bellas Artes, marcó definitivamente su vida. «Me la pasaba garabateando y dibujando en los cuadernos, y esa excursión que preparó nuestro maestro de grado -el Dr. Sadovsky – me abrió el camino a la pintura». Decidido, se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes <Manuel Belgrano», donde egresó tres años después.

Así, Arturo Irureta (69), en el luminoso atelier en los altos de su casa de Caprera y Larrea, nos cuenta cómo ingresó en el mundo del arte, su mundo…

Continuó luego sus estudios en la «Prilidiano Pueyrredón», promocionándose con las más altas calificaciones. Enseguida obtuvo la beca por concurso que le permitió completar sus estudios académicos en la Escuela Superior «Ernesto de la Cárcova».

«Ni bien me recibí me dediqué a la docencia». Llegó a ser profesor de todas las escuelas de arte que lo tuvieron antes como alumno. El afán inquebrantable de volcar sus conocimientos-y sobre todo sus experiencias y conceptos- a los más jóvenes, lo llevó a prolongar esa tarea durante 37 años. «Hace casi tres años que soy jubilado. Eso sí, nunca quise dar clases particulares».

Sumamente crítico de los sistemas de enseñanza que debió sufrir como estudiante y profesor, Irureta intentó transmitir a sus alumnos la verdadera esencia del arte. «El arte es una consecuencia de la vivencia interior, por eso, para pintar, es necesario buscarse a sí mismo».

Señala que la mayor deficiencia proviene de las propias bases que se les dan a los alumnos. <<En las escuelas de bellas artes se enseña mucho dibujo y, en los primeros años, no se pinta. Se dá mucha geo- metría, mucha técnica y perspectiva… y la perspectiva es un sistema y, por lo tanto, la negación del arte».

Como profesor propuso siempre cambiar ese «facilismo que se le brinda al estudiante con soluciones superficiales. Se pintaba con los mismos modelos, las mismas botellas, la misma cabeza de caballo… Yo les decía a mis alumnos: busquen en su casa, o en cualquier lado, traigan cualquier cosa, pero ya desde modelo que la obra sea propia».

el Aunque parezca una obviedad, afirma que «el buen artista debe transmitir algo interesante a los ob- servadores». Habla de la casualidad, que a menudo posibilita al artista descubrir -al instante- la manera justa de llegar al mensaje. «Pero la casualidad no viene sola, hay que buscarla y uno debe ir preparándose siempre».

Toma un respiro. Recuerda a sus profesores y alumnos. Nos muestra sus cuadros, su obra. Nos cuenta que está casado con Elsa Mavel Ibarguren -« pero Mavel con ‘v’», se apresura en aclarar, que no tiene hijos y que vive aquí, en Bella Vista, desde 1961.

Aunque fue amigo y colega de Ivan Vasileff – tomábamos el tren juntos todos los dias de ida y de vuelta cuando trabajábamos en la Prilidiano Pueyrredón- dice que no tuvo mayores contactos con otros artistas de Bella Vista. «El que vivía aquí era Berni quien, para mi fue el más grande de los artistas -si existe esa calificación- que tuvo la Argentina». Vuelve a lo suyo, al arte. Sus conceptos, claros, firmes, casi no dan lugar a la discusión.

«Nos encontramos que hoy en día hay pintores que pintan para un mercado. Inclusive se pone de moda una técnica, que esos pintores valorizan y perfeccionan. Para mí eso no es arte, ya que el tema no debe ser vehículo para que se vea la técnica sino al revés, ésta debe estar siempre subordinada al tema».

Amable y transparente, demuestra ser sumamente exigente, y admite ser inflexible en las cuestiones de arte. «Hay pintores que no llegan a conmover mi capacidad de asombro, que se mecanizan y producen cuadros que son iguales a los de ayer y a los de mañana» y agrega con más vehemencia: «¡Guay del artista que está seguro de lo que va a hacer mañana!… Siempre hay que buscar más allá, más allá, más allá…» repite, como queriendo reafirmar aún más el profundo sentido del arte que lleva en sus venas.

Su trayectoria artística que como él mismo dijo- comenzó desde pequeño, es vasta y fértil. Desde 1948 no ha dejado de pintar, exponer sus obras y obtener halagos. A su primer «Primer Premio» -en el XXVI Salón Anual de la MEEBA (Asociación de Estudiantes y Egresados de Bellas Artes) en 1949- le sucedieron muchos más hasta que, como reafirmando su perma- nente búsqueda, en 1980 obtiene el Primer Premio del LXIX Salón Nacional de las Artes y, dos años después, logra el mayor reconocimiento al que pueda aspirar un artista plástico argentino: el Gran Premio de Honor en el LXXI Salón Nacional.

Para Arturo Irureta la búsqueda no ha concluído. Sus paletas y pinceles siguen, como siempre, acechando cada vez más hondo el interior del hábil maestro en un luminoso atelier de los altos de una casa, en Bella Vista. 


 

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